SIR NICKOLÁS

La necesitaba para vivir.

Cuando aquella noche se fue, la esperé animadamente en la ventana, dejando las horas pasar, olvidando el frío que traspasaba la delgada cortina casi rosada que cubría mi cuerpo, sólo la esperaba, con la sonrisa más encantadora de la que era capaz poner. Me adormecí casi al amanecer, sabiendo que en pocas horas, ella regresaría.
Aún estando dormido sobre su almohada y algunas prendas de ropa que dejó sobre la cama, dejando su olor en mi cuerpo, estaba pendiente de su llegada.
Volvió a caer la noche y ella no volvió; Nunca más volvió; día y noche esperaba su tierna llegada en la ventana; no dormía para estar atento a cualquier movimiento que anunciasen su llegada. Pero no venía, ella ya no estaba.

Poco a poco, dejé de tener apetito; sólo pensaba en ella, en escaparme por esa puerta en cuanto se abriese y salir en su busca; sólo la quería a ella. No me abandonó; no lo hizo. Yo no quería pensar en un abandono...de alguna manera, confiaba en su fidelidad; en todas sus palabras bonitas, en todas sus promesas; en todas sus lágrimas que demostraban lo mucho que me quería, que nos queríamos. Me prometió, que jamás se iría; que estaríamos juntos eternamente; prometió y gritó a los cuatro vientos, que eternamente viviríamos, los dos. El uno, con el otro.

Ella regresaría, tarde o temprano; pero mi espera se hacía larga y desesperanzadora, mis ilusiones pasaron a ser sueños, y mis sueños, sólo sueños.

¿Qué hice mal, qué hizo que se fuera? No me abandonó, no lo hizo; ella me amaba; me adoraba. Me lo decía todos los días, a todas horas. Incluso cuando algo hacía mal, jamás me castigó, sólo sonreía, amándome un poco más. ¿Qué fue lo que hice, que la alejé de mí?

Me atormenté con esas preguntas de manera que me robaban no sólo el apetito; el sueño, el calor, la ilusión en su llegada; mi cuerpo cada vez se volvía más débil, mis ojos se cerraban pero no del todo; cualquier cosa me dolía en cualquier momento; sólo ella podía darme vida; y mi vida, se había ido; como cuando el corazón deja de latir; como cuando parece que vayas a caerte en el subconsciente del sueño; yo me sentía así; iba a caer en cualquier momento, y no iba a ser un sueño, sólo un corazón que dejaría de latir.

La necesitaba para vivir, sin duda. Dejé mi hábito de esperarla alegremente en la ventana, de preparar mi mejor sonrisa, de sentir un vuelco de felicidad tan grande como mi amor por ella, por escuchar cualquier ruido que viniese de la puerta de entrada, creyendo que era mi pequeña. Pero no dejé de creer en sus palabras; sabía que algún día, por muy lejano que fuese, ella vendría, regresaría y me abrazaría, tan fuerte que volvería a oler el olor que de sus prendas dejadas sobre la cama de su habitación, habían perdido hacía tanto tiempo ya.

Pero de lo que no estaba seguro, era si seguiría vivo; yo intentaba con todas mis fuerzas, de verdad lo hacía, no decaer, intentaba comer, beber, caminar...intentaba sacar fuerzas de donde no las tenía; buscarlas. Buscarlas para ella, para el momento que volviese a mí.
La necesitaba para vivir.

....

Él la esperaba impaciente en aquél bar de siempre; dónde sus miradas se encontraban constantemente, donde sus pensamientos eran como estrellas fugaces que cada uno captaba. Él la esperaba; vistió con su mejor ropa y su único pero buen perfume. De vez en cuando daba un sorbo a su copa y miraba de reojo cuando la puerta se abría. Pasaban las horas, pero no se cansaba; pensaba, únicamente pensaba. Pensaba en ella; en como iría vestida, a qué olería esa noche, en su decisión, en la decisión más importante para los dos. En cuánto la quería.
Miraba su copa, observando el reflejo de la luz del techo; sonreía tímidamente y cerraba los ojos, soñando en su aparición.
Ella nunca vino.

Feliz cumpleaños a pesar de ser un poco tarde. Hoy más que nunca, y no sé porqué, me acuerdo de ti. Aún estando tan lejos, de la tierra hasta ahí, donde tu alma corre, me siento más cerca que ayer.

http://www.youtube.com/watch?v=8e9qkRcwXeM

Ella está loca.

Dio cuatro pasos despacio y limpios hasta acercarse a la habitación, lentamente bajó el pomo y entró, desconfiada, indecisa y con miedo. La habitación estaba oscura; parecía que no hubiese entrado un solo rayo de luz en mucho tiempo, ni siquiera por los pequeños rincones que la cortina, cerrada, de la ventana, dejase al descubierto. Desprendía un olor casi a infantil, a ropa recién lavada con un toque de antiguo y viejo. Siguió dando unos pocos pasos hasta desmoronarse contra el suelo; toda su vida había temido esto; había temido llorar hasta saciarse, temía sentirse sola, alejarse del mundo, dejar de respirar para gritar; toda su vida había temido enloquecerse, dejar de tener esa sensatez desconocida, dejar de ver un poco de ella en alguna parte, por muy escondida que ésta estuviese. Aunque era consciente que nadie era normal, que todo el mundo, en alguna ocasión, enloquecía, sabía, o creía que ella era más loca que nadie; ni siquiera se reconocía; no era ella, su cuerpo no pertenecía a esa pequeña niña que creció ausente de las palabras que escuchaba y de los libros desinteresados que leía.
Estaba asustada y por eso mismo, se desmoronó como una niña pequeña en el suelo de su habitación, con las manos en la frente y las piernas casi humedecidas de lágrimas que llevaba escondiendo demasiado tiempo.
Estaba loca; tan loca como nunca creyó, pero sí imaginó. ¿Y ahora? Sus pensamientos se limitaban a decirle lo muy sola que se quedaría; lo muy triste y amargada que sería la vida para ella; incierta y desagradable; el mundo la miraría mal, y ella, incapaz de sonreír, se encerraría en una oscura habitación; en su oscura habitación. Hasta morir con su paranoia en alma.

A la vez que lloraba, alguien entró en su oscura habitación, abrazándola por la espalda, pero ella le negó, gritándole como una madre al perder su hijo; le negó, exclamando palabras que ni se entendían.

-¡Estás loca, estás loca! –Le gritaba él, asustado. Ante esas palabras, ella simplemente calló; todo su llanto volvió a la esquina donde su garganta guarda el nudo de la amargura y calló. Lo que no sabía, es que él estaba tan asustado como ella en ese momento.
-¡Tú me has vuelto loca! Ya no soy coherente, ya no soy consciente. ¡Me has vuelto loca y ahora me culpas a mí de ello! ¡Ahora me culpas a mí! –Siguió repitiendo las últimas palabras una y otra vez, una y otra vez…hasta que su voz dejó de tener voz y el nudo de su garganta era ya tan grande, que no podía ni tragar saliva.-No estoy loca…- Susurró en sus brazos, con la vista nublada y la cabeza retumbando.




Agonizando de dolor empezó a tembar, a notar el cosquilleo endemoniado alrededor de todo su cuerpo; enloqueció en sólo un momento; perdió toda su vida en ese instante; el aire se esfumaba de su cuerpo mientras sus ojos que estaban en blanco, iban cerrándose. Ya no sentía más que frío. No veía otra cosa que no fuese la muerte, que ahí se asomaba.

Habitación blanca

Entró desganada a la habitación blanca, blanca como las mismas nubes del cielo que iluminaban desde la pequeña ventana que daba a la cama, pero por mucha iluminación, el aire pasmado y aburrido seguía siendo el mismo; ese aire melancólico, casi con olor amargo, como a tabaco, pero sin ser tabaco, aire sucio y a su a vez con olor a océano, a agua salada de mar y arena que el viento coge para llevarse.
Recorrió con las yemas de sus dedos, lenta y suavemente, la pared agrietada con la pintura desgastada, continuando por la vieja estantería colmada de polvo y libros de hojas amarillentas, casi doradas y su olor a viejo y húmedo. Se sentó en el escritorio de madera, de un color como a cerezo, cojo de una pata, gastado por los rincones más pequeños, con las huellas de unos nudillos de un pasando dueño; se inclinó hacia los cajones repletos de papeles, facturas, números de teléfono y otros documentos que desconocía, y se limitó a escribir; Triste pero decidida, cogió el lápiz con su mano izquierda mientras con la otra apoyaba lo que quedaba del peso de su palma fina y rosada sobre el papel casi amarillento, antiguo, que guardaba desde años atrás.

‘’Escribo como si fuese la hoja de un melocotón cayéndose del árbol, o el mismo fruto que ya no pertenece a su amo; estoy entre cuatro paredes blancas escuchando la lluvia cristalina que cae sobre tierra que ahora es barro. Permanezco sentada, casi inconsciente, con mil palabras a mi alrededor que no sé cómo ordenar. Ahora ya es tarde; la tormenta se acerca y nada la parará. Hace mucho tiempo dejé el alma escapar para que dejara de afligirse dentro de mi cuerpo; sólo soy una vida sin criterio, sin razón; una vida que escapa de otra, víctima de la mentira y de ésta enfermedad que me está comiendo por dentro, que me cuesta la vida y más; hasta dejarme tan blanca como los copos que caen desde el cielo hacia las montañas de Francia, blanca como las paredes que me acompañan noche tras noche, haciéndome llegar hacia la locura y perder toda la efusividad con la que mucho días antes pasé sonrisas y lágrimas.
Los recuerdos reclaman una sonrisa, la luna, las estrellas, el cielo; reclaman los libros no leídos, leídos y vueltos a leer; anoche clamé el chico de la guitarra; su acento, su voz, sus palabras; clamaba el sosiego del día a día, de las canciones que no volvería a escuchar; de las letras que no volvería a escribir, de las tantas palabras que no he aprendido y no aprenderé.
Clamé por el pájaro de bonitas alas y dulce silbido que se fue dejándome con la impotencia de no saber volar para acompañarlo en sus sueños y llegar hacia la placidez de sentirme vacía.
Las heridas del corazón no dejan de sangrar al momento que cicatrizan dolorosamente sobre mi pecho.
Escribo como un final buscado; desesperado y cruel: He memorizado las hojas de esos libros que tocaban la moral para sentirlas un último segundo, antes de cerrar los ojos y dejar de pestañear; escribo como si mis manos ya no tuviesen fuerza; como si mis hombros, que cayéndose están, dejasen de aguantarse, y con ellos, el cuerpo entero.''


Y de pronto, dejó el lápiz caer al suelo, se levantó, dirigiéndose hacia la pequeña cuadrada ventana y observó el mundo pasar con tanta rapidez que lo vio todo en un solo instante. Un solo instante que le hizo sonreír por última vez, observando cómo poco a poco la gente que paseaba por los parques fue marchitándose, como flores en el invierno, como hojas que caen de sus árboles en otoño, como ella.
Buscó con la mirada un universo paralelo donde dejaría de sentirse débil como una muñeca de porcelana. Lo encontró, y agarrando su pequeña bailarina, se desvaneció sobre la cama cerrando los ojos débilmente.

Ayala

La observo sentada desde la hierba, me gusta contemplar cómo consigue levantarse a la vez que cae; como sonríe alegremente cuando sus dos pequeñas piernas se mueven al instante que ella lo hace; observa el cielo con los ojitos casi cerrados por los rayos de sol que iluminan el color de su cabello. –Nubes- Susurra, ilusionada, fantasiosa. –Nubes…- Ríe alegremente, dejando ver dos pequeños hoyuelos en sus finas y rosadas mejillas.
Se acerca a mí, dándome la pequeña manita con uñas de plástico para que me levante; no quiere que camine, sólo que la acompañe, pues ella sabe que cada paso que doy, es una hora menos para amarla.
Me mira, la miro; me sonríe tímidamente mientras con el dedo más pequeñito y fino de su mano, está en sus labios.
-Nubes…- Vuelve a repetir.
-Son nubes, y están de buen humor, tanto como tú hoy lo estás.
Acaricio su cabello casi color miel y la cojo en brazos para dormirla en mi hombro; siento su respiración efusiva en mis oídos, su corazoncito latiendo tranquilamente, su aliento en mi cuello, y su penetrante olor a infantil recorre el aire que respiro.
No hay nada que pueda abrumar el momento que pronto desaparecerá; nada que me despierte del sueño eterno que deseo.

...

El principio de un nuevo fin; no te eches a llorar, lo superarás. Estas fueron tus palabras. Y aquí estoy; caminando por el rocío de la calle con el olor a cena recién hecha de las casas vecinas, con el aire que recorre desde mi cuello hasta mis brazos, con los ojos casi en blanco y los pensamientos diluyéndose entre mis suspiros.
Cómo me gusta ese olor a familia, a cena caliente; cómo disfruto al escuchar los platos y los cubiertos sobre ellos. El aire que recorre mi cuerpo como si fuese la última oleada de viento.
Las miradas profundas de los fumadores que incluso bajo lluvia salen a observar las sombras que pasan de un lado hacia otro.
No te eches a llorar, lo superarás. Dijiste, decías y sigues diciendo.
Cogiste tus cosas y te marchaste, dejándome, prometiendo que volverías. Sigo esperando que tu alma aparezca y acaricie mis mejillas, secando mis lágrimas inexistentes, casi húmedas, pero sin llegar a serlo. Una promesa más, vuelta a su vaso roto de cristal.

Espera; no continúes. No pienses que me siento vacío, que si ti no sé continuar, ni siquiera sé vivir; no es verdad. Estas en lo incierto. Pero me haces falta para seguir adelante, un tiempo, retroceder sólo un instante. Necesito tu despedida; un adiós aunque sea.

Acompáñame a pasear, a contemplar el rocío de las calles oscuras donde ni el más alto foro puede descubrirnos.
Entonces, después, dime adiós.

Invención

Se arropó entre mis brazos y yo sin saber, como negar mis sentimientos, no hice otra cosa que darle un instante de dulzura. Sus ojos cristalinos me pedían silencio, sus lágrimas derramadas empapaban mi pecho y al respirar, cogía de mis mejillas, susurrándome perdón; como un fruto prohibido, alejando su alma de mi cuerpo, acercando su cuerpo a mi alma. Y pensé en ti; me colgué de la vida, dejándote atrás por un instante hasta que el fuego de la hoguera dejase de tener fuerza. El gozo de su cuerpo en mis ojos me juraba amor y yo, yo pensé en ti, cerrando los ojos, disfrutando de sus besos, recordando su nombre, pero el tuyo no.
Las gotas de lluvia golpeaban la ventana; fuera estabas tú, mientras que mi alma pertenecía a otra persona sólo un instante, un momento, ahí estabas tú; paseando por las calles encharcadas, pensando en mí, creyendo que la perfección existe entre dos personas; lo siento, pensé en ti, y me olvidé de tu nombre; sólo fue un instante, unos segundos que se hicieron eternos; o una eternidad que se hizo un solo instante.
Despertó entre mis brazos; yo no quería.

Etapa 1.

Observar el mismo color, aburrido y vacío durante tanto tiempo que las palabras se vuelven inciertas; ver rostros sin sonrisas de corazones encogidos; lágrimas borrosas, resplandor de amargura…y no hay respuesta.
Y él único placer es el sonreír; el único placer deseado es olvidar, vivir, crecer y dejar atrás lo presente.
El dolor cubre el cuerpo; la razón sin razón se vuelve patética; caminar por caminar deja de tener sentido; es una locura que parece no acabar, un sufrimiento que parece rutinario…la tormenta del cielo continúa cayendo sobre pensamientos retumbantes que no dejan de sonar como si fuese el estrépito eco.
Ya nada es, todo deja de ser. Poco a poco el mundo se acaba; las nubes dejarán de crecer. Esconderme dentro de un cajón, entre sábanas viejas y olor a húmedo; esconderme en el árbol más pequeño de la pelota universal, dando vueltas y más vueltas alrededor de un océano en forma de escudos, que poco a poco el fuego arderá hasta deshacer el cobre oxidado, de forma lenta, con dolor, y casi eternamente.

Princesa.

La verdad…la verdad es que ya ha pasado todo. No siento nada al respecto… no, no me mires así. ¿No ves que soy otra persona? Nada me afecta…es como si el mago de Oz hubiese hechizado mi alma; ¡la hubiese roto, corrompido, arrancado! Ya no quiero nada; ni una sonrisa. No me apetece verla, no me apetece tener sentimientos; estoy bien viviendo como una piedra, una roca en la nada, como si fuese agua, o aire que vive del agua. Vapor.
El mago de Oz…ha sido el mago de Oz…¡¡el mago de Oz!! Me lo ha arrebatado, todo. Y me da igual, princesa, me da igual porque por ti, movería mundo. Y tú…tonta de ti, no me creías. ¿Ahora qué? Ya has visto que no tengo alma; ni falta me hace…
Te miro, te observo…me acerco, pero no quiero nada, no te siento, no siento la vibración que sentí años atrás al escuchar tu voz casi celestial, casi imaginaria; al mirar fijamente tus ojos cristalinos. Nada. No hay nada en mí.
Me lastima, pero me enloquece de felicidad. Ya no sufriré. Ni una sola lágrima derramaré más.
Ahora duermo ¿sabes? tengo los ojos cerrados en este momento. Y sueño…sueño constantemente; sueño con el vacío. El vacío que tú me diste, princesa.
Mis alegrías son tormenta para ti; rayos que impactan contra mi cabeza…absorto, ya todo da igual. El daño que te hice me lo devolviste de la mejor forma. Vacío. Totalmente vacío. En el aire; en una roca, en el agua, junto al vapor.

Eras sólo una princesa; un sueño en el aire que nadie pudo alcanzar. Sólo una pequña princesa que jugaba a ser perfecta.
Ya no eres nada.
Ahora tú, eres yo.

...

Vendría con una carroza blanca a verte; sólo verte un par de segundos y satisfacer mis ojos con tu belleza. Me convertiría en príncipe e iría en busca de un pie delicado y fino, con un zapato de cristal para la más bella niña.
Pero no existe la mágia; tampoco existe la razón de tus ilusiones, y por eso mismo, te las quito; te las arrebato, y las hago mías.
No existen los sueños; todo es una mentira que tu cerebro diminuto ha querido creer: eres como una niña, inocente y frágil que evita los deseos para no decepcionarse; eres como una niña pequeña, cobarde y sumida, que no mira más allá de sus fantasías.

Da igual.

A mí me da igual; y qué mas me da, que nadie sepa la verdad. Es algo tan puro que sólo yo, soy capaz de saberlo; saberlo y entenderlo; o comprenderlo, y tenerlo en mi corazón.
Que los demás griten; que digan lo que quieran. Que la gente murmure, que los menos gratos se den por aludidos. ¿Qué más da? La verdad sólo la sé yo, y yo misma, tal como he vivido, me he fugado en ella.
Me he cubierto de una venda y he caminado a ciegas hasta encontrar sombra; pues el sol no dejaba respirar el aire puro que el viento atrae, y entre el viento, murmuros del aire. Murmuros.
Murmuros entre las esquinas, por lo bajo... y sueños no más realistas que un latido de un corazón vivo.
Se delatan entre el aire del murmuro que respiro; se delatan con los ojos y el secretismo. Se delatan con el silencio y también con la sonrisa.

Alma dueña de mí misma; envejezco mientras vive en la eterna juventud; no soy dueña de mis suspiros; hielan las palabras que salen de entre mis labios.
Y mientras escucho murmuros de gente inpropia, mientras los murmuros provocan tormentas; mi alma rejuvence.

No miro las estrellas cuando pienso en ti; ni siquiera miro el cielo creyendo que ahí estas; miro mi mano sintiendo la tuya; miro el reflejo de mi cuerpo y te abrazo mientras cierro los ojos.
A mí me da igual; sólo yo sé la verdad. Que recorrería mil caminos hasta quedarme sin aire que respirar; que lucharía sin espada y escudo por tenerte a ti; sólo yo sé la verdad. Que enloquecería más de lo que la locura ha invertido su tiempo en mí. Sólo, sólo yo sé la verdad, y la verdad es que tú cuerpo y alma sigue en vida en mi corazón.

Tiempo.

Se sentó en la mecedora de mimbre del salón, ya gastada por los múltiples arañazos del gato y se balanceó tanto rato como sus ojos podían permanecer cerrados. Una escasa lágrima de anciana cayó por el lado izquierdo de su fina y delicada mejilla. Sus antes carnosos labios, ahora de piel muerta, se entre abrieron a medida que respiraba; su corazón latía con la misma fuerza que las olas en marea tranquila; estaba sola, con la compañía de un gato eterno, de bigotes tan largos como su propio ronroneo.
Nada de lo que había detrás de la única ventana que iluminaba su rostro, le parecía inquietante; su rostro emblanquecido iba perdiendo felicidad, su tímida sonrisa no era igual de grande que en el pasado, el sonido del eco de sus carcajadas se volvieron insonoros… y poco a poco, el aire de su hogar, el aire de sus recuerdos pertenecientes a su corazón, iba desvaneciendo.

El gato por siempre eterno se tumbó sobre ella en la mecedora, ronroneando al mismo ritmo que la pobre respiración del latido de su corazón, mientras las horas pasaban y los minutos, escasos, morían.

Corazón.

Miré tus ojos como si fuese la primera vez que los vi. Me encantaste. No supe qué decir, callé; simplemente, acabé en un sueño. Sentí que moría si volvía a tenerte lejos. Tenía que volver a verte, o al verte, sentir tu aliento en mi oreja…iba a gritar, a enloquecer si no lo conseguía. Mis lagrimabas comenzaron a brotar mis mejillas y sin saber qué decir, callé. Me quedé observándote, igual que una niña pequeña viendo a su príncipe azul, de sus miles cuentos con princesas y sapos.
Me di cuenta que toda mi vida estuve engañada con una ilusión ilusa. Era lógico; no probé el amor hasta conocerte. Estuve tan engañada, que ahora me daba miedo perder ese engaño. Yo no estaba preparada para asumirlo. La distancia era más fuerte que tus ojos, que el color de tus ojos; que tu sonrisa pícara, que tu dulce mirar. La sinceridad con la que me hablabas.
Mi niño bonito, mi amor…mi amor secreto. Confieso que te he querido con locura, que he pensado en ti noches enteras. Confieso que te he mentido para evitarte; que te he mentido para alejarme de ti. Porque no quería amarte como lo hago ahora. No quería sufrir. Y he sido egoísta. Mi amor perfecto, mi príncipe azul, mi caballero con espada y escudo… perdóname por haber sido tan cobarde. Pero creo en esto; no creo en mí. Quisiera gritar al mundo entero lo equivocada que he estado. Dulce amor que no puedo confesar; te guardo en silencio en una cajita de cristal. Guardo mil caricias que el día de mañana, voy a darte. Una a una.
Mi vida, eres mi vida. Una vida entera. Ojalá todo esto hubiese llegado antes. Ojalá tus pupilas hubiesen dilatado las mías antes de creer en la ilusión ilusa.
Paso las noches creyendo que duermo a tu lado; paso las noches queriéndote.

Hagamos que este amor deje de ser secreto.

Bailar.

Vayamos a bailar; bailemos en el aire. Cógeme de la mano y te enseñaré a volar. Vayamos a bailar; que las luces nos ciegen, que los sueños se cumplan. Bailemos hasta la noche, hasta que se vaya la luna y se asome los primeros rayos de sol. Y mientras volemos, saltaré tan arriba, mi pierna rodeará tu cintura, mi pelo volará entre tus manos; y mientras volemos, mientras volemos…soñaremos que sabemos volar.

Estela.

Estela se sienta en el sillón enfrente de un televisor apagado; llora. No recuerda que es el amor, ni la última vez que amó. ¿Cuántos años pasaron? Quizá dos, o tres. Tal vez meses. Cuando tocan la puerta, cuando escucha la puerta sonar, no se gira para ver quién es; cuando entran, sus ojos se cierran y sus pupilas entonces se desvanecen.
Estela se encierra en una botella, y sin ton ni son, enloquece, se vuelve loca, la locura invade su cuerpo haciéndola caer por el balcón imaginario de la botella de cristal con el barco al fondo en un océano salado, se hunde en él. Estela ve los rayos de sol que reflejan el arriba del océano, dónde no es capaz de llegar, dónde por más que nade, sus brazos no tienen fuerza ya para salir.
Estela deja de llorar; deja el sillón con vistas al televisor apagado, va al lavabo y se desnuda. Se mira al espejo; sus ojos vuelven a ser llorosos. ''Tampoco creo estar tan mal'' Se dice. Se gira, da la vuelta, vuelve a mirarse, esta vez recogiéndose el pelo largo para verse un poco mejor; un poco de los hombros, otro poco de la nuca.
Estela desea de nuevo navegar por el barco de vela, esta vez, de la botella de cristal.
Y navega, sin caerse por el balcón imaginario, navega y ve flores; ninguna tan bonita como le gustaría ser.
Estela sólo se sienta en el sillón enfrente de un televisor apagado, e imagina su mundo en rumbo a un corazón fallecido.

Nickolás.


Besé muchos sapos durante tanto tiempo, que perdí la esperanza en todo aquello del amor, hasta que te besé, convirtiéndote en mi pequeño príncipe, al que cuidar, conseguir cada deseo a tu petición, y amarte por siempre jamás.

Llegaste a mí una noche de agosto y tormenta; con rayos incluídos. Durmiéndote entre mis brazos con ronroneos, agradeciendo el hogar calentito que Kipling te concedió hace ya muchos siglos, cuando te ocupabas de tu primera vida, y sólo eras un cachorrillo sin experiencia.

Dicen que eres un mujeriego, un mosquetero como Aramis, que lucha con espada y sin escudo, sin obtener nada a cambio. Que eres el malo del pueblo, que se esconde entre las esquinas para atacar a quien moleste en tu territorio, mientras que te escondes para vigilar que nadie robe el cariño que sólo a ti te dan y sólo tú, nadie más que tú, merece. Pero para mí eres un caballero, galán y valiente, con antifaz y capa negra. Misterioso y sigiloso.

Agradezco el honor de tenerte entre mi pecho; agradezco las horas nocturnas pasadas en mi cama, vigilando que nada ni nadie interrumpiese mi sueño. Y viceversa.
Agradezco los maullidos para llamar mi atención; que me acompañes siempre al leer un libro, que hayas perdido la mitad de mis pulseras, collares, o cosas que puedan llamar la atención de tu interés. Agradezco que hayas entrado en mi vida, tal como me has dejado entrar en la tuya.
Siempre tan atento, siempre tan dispuesto a querer darlo todo por unas caricias. Y aún no sabes, que te las regalo tanto como regalo mis besos en todo tu cuerpo.
Agradezco que me hayas hecho enloquecer. Porque he enloquecido tanto por amor como una madre con su bebé en brazos.

Sí, he enloquecido; eres mi única existencia, mi sustento, mi felicidad. Has encontrado en mi alma lo que nadie ha encontrado, has entrado en ella, te has apoderado de mi cuerpo, manejándolo a tu antojo, pero queriéndome, y haciéndote querer.

Mi hijo, mi pequeño, mi bebé, mi caballero y mosquetero Aramis. Mi chico malo, mi personalidad, mi alma. Eres alma en cuerpo de gato, desesperado por amor, por cariño, por atención.

Nadie puede jamás sustituirte, nadie podrá jamas entender mi amor enloquecido, pues por ti, sólo por ti, daría la vida entera. Sólo por ti, bebería de donde no debo beber; y sólo contigo, compartiré alma y vida.
Déjame susurrarte, escúchame por última vez; te dejé en la cumbre, sin decidir un rumbo; toqué la punta del mundo, equivocándome de lugar. Dejé de ser la princesa de tus sueños, pasé a ser un secreto de un corazón vacío. Caminé como un rotamundos sin conocimiento de lugar; intenté crear espacios donde cubrir mis torturas. Y aquí estoy.

De niños.

Ahora se supone que debes vendar tus ojos e imaginar que estoy cerca de ti; espera, lo hago yo. Vendaré tus ojos con un pañuelo que huela a mí, y tú, podrás imaginar fácilmente mi cuerpo pegado al tuyo. Acariciarás mi cabello mientras yo lo hago con el tuyo, voy a jugar con los rizos que caen sobre tu frente, por tu nunca, y debajo de las orejas. Juguemos a perdernos entre la nada, dónde nada hay, donde con un suspiro, todo vuela, y no vuelve.
Comienza este pequeño juego de niños; voy a rodearte con mis brazos, que sientas el calor de mi aliento en tu cuello, voy a bajar con mis manos y penetraré las yemas de los dedos en tu espalda. Te susurraré al oído; te diré que soy una desconocida, una niña que todavía no ha crecido; pero nunca te he mentido, y jamás te he escondido razones para reír, y tampoco para llorar. Te diré que me voy para no volver, que marcharé a algún lado donde esté tan lejos, que jamás puedas encontrarme; y tal vez, si aún tengo voz, si todavía me queda aliento para que lo notes en tu cuello, en tu espalda, en tu pecho, en tu nuca…te diré dos palabras que nunca fui capaz de pronunciarte, mentiras que tal vez, nunca creas, dos verdades como Shakespeare pronunció en todas sus obras; te quiero o te odio. Tú puedes escoger.
Ahora podrás descubrirte los ojos; yo me separaré de ti, me iré poco a poco, que puedas verme mientras me alejo de ti; no dejaré de mirarte, mis ojos no se desviarán de tus pupilas.
Me voy, y tú, estarás sentado sobre la silla que te habrás imaginado y sin decir nada, dejarás de verme en un suspiro.
El suspiro ya lo diste.
Me iré para no volver, pero estaré en tus pensamientos, no me alejaré una noche de ti, descubriré tu ventana y desde lo más lejos, observaré la luz del flexo. Esa ventana es la única que observaré.
No querrás encontrarme. Me odiarás, odiarás mis palabras, el te quiero que te he susurrado sin aliento, fingirás que no te importo, y despegarás en mí sollozos casi silenciosos.
No te quiero; todo fue una farsa, dos palabras que nunca creerás. No deberás hacerlo.
Y mientras me alejo, mientras huyo de lo que probablemente podrás decirme, callaré; me cortaré la lengua con la que besé tu cuerpo lentamente, de arriba abajo, cada rincón. Cortaré mis labios pues con ellos rocé los tuyos, con sabor casi a caramelo de miel. Dejaré ciegos mis ojos pues con ellos te miré y no quise dejar de hacerlo, mientras que romperé mis dedos por haber tocado y acariciado tu espalda, tus piernas, tu pecho…apretando firmemente cada rincón que puedes imaginar en éste momento.
Por último; debo arrancar tu pecho. Pues apreté mi oído con tal de escuchar cada latido de tu pequeño corazón que hizo que poco a poco, despacio, notando ligeramente tu pecho subir y bajar, me durmiese en él, encima de ti, encima de tu cuerpo.

Pero tranquilo; yo no saldré limpia. Ahora ya no puedo escuchar, ni tocar, ni sentir el tacto de tu piel.

Esto es un juego de niños ¿Recuerdas? Aún no ha acabado, no acabará hasta que yo lo diga, hasta que yo lo mande así. Aún no has perdido, y yo tampoco he perdido.

¿Sigues escuchándome? Hagamos el amor por última vez, retrocedamos el juego; necesitaré mis labios para besarte, mis dedos para acariciarte, mis oídos para escuchar tu dulce respirar, tu pecho para que aprietes el mío, para que notes mis pezones, erectos, sobre los tuyos.
Fingiré que creo en ti cuando me dices que me quieres callando; fingiré creer tu nerviosismo al ver mi cuerpo desnudo; me desnudaré mientras me mires, mientras que tu miembro erecto roce mis cinco sentidos. Caeré insana sobre tu desnudez, gemiré hasta dejarte loco. Loco. Te moverás sobre mí, rozarás no sólo con tus dedos cada parte íntima, cada parte deseable, sino con tus labios, con tu lengua, con tu boca. Caerás vencido sobre la manta de terciopelo que habrá en el suelo y yo subiré en tu cuerpo, controlando tus manos, moviéndome sigilosamente sobre lo más esperado. Y así, mientras el fuego arde entre los suspiros casi retraídos, incontrolables, excitantes y apasionados, el juego termina.

Empate. Los dos hemos tocado cada parte de nuestro cuerpo. Ahora ya no hay marcha atrás.

10 Septiembre

Estoy más muerta que viva.

Siento como mi camino oscurece a medida que sigo hacia adelante. Me da miedo retomar el atrás, el recuerdo desaparece, se borra de mi mente; es como vivir dentro de tu propia película de terror.

Palabras frustradas en medio de la sublimidad de mi vida. Ya no sé hacia dónde ir, todo es tan ambiguo que me da miedo continuar, como hizo Zeus con Morfeo para que los más pequeños tuviesen pesadillas en vez de agradables sueños nocturnos, lo ha hecho conmigo, con mis manos al acariciar algo suave, con mis ojos al ver lo bello de vivir. ¿Vivir?
La confusión ataca mis sentidos; me come por dentro; me quema, me arde el cuerpo, me estremece. Las figuras de mi soledad hacen que la tormenta ataque la calma de este mar, de estos sueños, del día a día, del día a día.
Y lo veo, lo veo venir. ¡Veo venir mi pesadilla, mi frustración! Veo venir cada palabra repetida que miente y desmiente mi cerebro, veo venir cada razón, locura de mis pensamientos, la locura que tú, que solamente tú, has creado en mí.
Mírame ¿en qué me has convertido? Obsérvame, el tiempo que pasó, los silencios que transcurrieron me han hecho enloquecer; anoche caminé descalza sobre el barro que dejó la lluvia mientras ésta se marchaba a otro lugar, mientras las luces de la tormenta brillaban en mis pupilas. Ojos de loca; me veo, es lo que veo. Tengo ojos de loca. Como si una extraña esquizofrenia atacase mis cinco sentidos, echándome de mi propio cuerpo. Hace ya tanto tiempo que no soy dueña de él.
El tiempo, sólo es tiempo. Tiempo que pasa, tiempo que me hace volar y me estrello al despegar. Tiempo que convierte mi soledad en pequeñas luciérnagas imaginarias. Tiempo, tiempo intenso de locura, tiempo, sólo tiempo.