SIR NICKOLÁS

...

El principio de un nuevo fin; no te eches a llorar, lo superarás. Estas fueron tus palabras. Y aquí estoy; caminando por el rocío de la calle con el olor a cena recién hecha de las casas vecinas, con el aire que recorre desde mi cuello hasta mis brazos, con los ojos casi en blanco y los pensamientos diluyéndose entre mis suspiros.
Cómo me gusta ese olor a familia, a cena caliente; cómo disfruto al escuchar los platos y los cubiertos sobre ellos. El aire que recorre mi cuerpo como si fuese la última oleada de viento.
Las miradas profundas de los fumadores que incluso bajo lluvia salen a observar las sombras que pasan de un lado hacia otro.
No te eches a llorar, lo superarás. Dijiste, decías y sigues diciendo.
Cogiste tus cosas y te marchaste, dejándome, prometiendo que volverías. Sigo esperando que tu alma aparezca y acaricie mis mejillas, secando mis lágrimas inexistentes, casi húmedas, pero sin llegar a serlo. Una promesa más, vuelta a su vaso roto de cristal.

Espera; no continúes. No pienses que me siento vacío, que si ti no sé continuar, ni siquiera sé vivir; no es verdad. Estas en lo incierto. Pero me haces falta para seguir adelante, un tiempo, retroceder sólo un instante. Necesito tu despedida; un adiós aunque sea.

Acompáñame a pasear, a contemplar el rocío de las calles oscuras donde ni el más alto foro puede descubrirnos.
Entonces, después, dime adiós.

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